A
mediados de la década del 90, un sábado
cerca de mi casa en Olivos, más precisamente
en el círculo Militar de Olivos, vi un anuncio
de una exposición de Dogos Argentinos.
Como era una raza que había visto anteriormente
y me había gustado, fui a la exposición.
Era una especializada, me senté cerca de la pista
y verdaderamente no entendía nada lo que pasaba.
No sabía qué se estaba juzgando, por qué
algunos festejaban desaforadamente, etc.
Hasta que un handler con un macho muy importante se
paró muy cerca mío. El handler estaba
mirando la pista y el perro me empezó a mirar
a mí. No lo tenía muy corto y el perro
se me acercó y de repente de un salto quedó
con la patas en mis rodillas y su cara pegada a la mía.
¿Que hizo ese perro? ( del que nunca supe el
nombre). Me lamió la cara.
En
ese momento me enamoré de la raza. ¿Cómo
un perro con ese porte, con esa fortaleza, me daba esa
muestra de cariño?
Al poco tiempo fui al CDA a averiguar por criadores,
y terminé yendo a uno que estaba relativamente
cerca de casa y tenía varios perros en el Ranking.
Resultó ser Carlos Hernández del criadero
La Vieja Diana, quien nos recibió muy bien en
su casa (a mí y a mi mujer) y me dio los primeros
consejos para tener un dogo, uno de ellos ¨un dogo
no es para cualquiera
¨.
Así le compré mi primer Dogo, Quebracho
de la Vieja Diana , hijo de la Jefa de la Vieja Diana.
Después siguieron las compras a Hernández.
Un día alguien me mencionó a otro criador,
diciéndome que además de tener muy buenos
ejemplares era una persona digna de conocer. Y ahí
fui a ver a Carlos Bellavitis del criadero Bravoure
Blanche y empezó una amistad que dura hasta el
día de hoy y mi introducción al mundo
de la Cinofilia.
Quiero agradecer en estas líneas a Carlos el
ser tan buen tipo (a él, a Martín y a
toda su familia), porque nos alentó para empezar
a criar y porque nos aconsejó cuando era necesario,
y por Estrella Bravoure Blanche (Chacha) hija de Recado
Bravoure Blanche, hembra emblemática de nuestro
criadero, con la que se criaron casi todos nuestros
hijos.
Así empezaron los viajes interminables a exposiciones,
el aprendizaje, vinieron las primeras lechigadas, nuestra
primera campeona Vicky Bravoure Blanche, los primeros
éxitos y también los fracasos, todo eso
con cada vez más pasión por la raza.
Por último quiero agradecer públicamente
a mi mujer, Lucía, que es el verdadero motor
del criadero, quien se ocupa día a día
de ellos, quien los cura, los lleva a veterinarios y
que es la cara que nadie ve en las exposiciones. A ella
mi más profundo agradecimiento. |